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5/5/14

EL CREDO COMENTADO POR SANTO TOMÁS DE AQUINO - ARTÍCULO 4


Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado.


51. Así como el cristiano debe creer en la Encarnación del Hijo de Dios, así también debe creer en su Pasión y en su Muerte, porque, como dice San Gregorio: "De nada nos aprovecharía el haber nacido, si no hubiésemos sido redimidos".

El que Cristo haya muerto por nosotros es algo tan elevado que apenas nuestra inteligencia lo puede captar; más aún, ni siquiera se nos hubiese ocurrido. Esto es lo que dijo un profeta y recuerda el Apóstol: En vuestros días Yo voy a realizar una obra, una obra que no creeríais si os la contara (Act. 13, 41). Y también Habacuc: En vuestros días se cumplirá una obra que nadie la creerá cuando se narre (1, 5). Pues la gracia de Dios y su amor por nosotros son tan grandes, que lo que Dios hizo por nosotros supera lo que podemos entender.

52. Sin embargo, no debemos creer que Cristo haya sufrido la muerte de tal modo que muriera su Divinidad; lo que en Él murió fue la humana naturaleza. Pues no murió en cuanto Dios, sino en cuanto hombre. Demos TRES ejemplos para esclarecer esta verdad.

El PRIMERO de ellos lo podemos sacar de nosotros mismos. Cuando un hombre muere, al separarse el alma del cuerpo no muere el alma sino el mismo cuerpo, o sea, la carne. Así también en la muerte de Cristo no muere la Divinidad sino la naturaleza humana.

53. Pero se podría objetar: si los judíos no mataron a la Divinidad, parece que no hubieran pecado más que si hubiesen matado a cualquier otro hombre.

A esto podemos responder con un ejemplo: supongamos a un rey ataviado con un lujoso vestido; si alguien manchase aquel vestido, incurriría en la misma falta que si hubiese manchado al rey en persona. De la misma manera los judíos no pudieron matar a Dios, pero al matar la naturaleza humana asumida por Cristo, fueron castigados tan severamente como si hubiesen matado a la misma Divinidad.

Además, como dijimos arriba, el Hijo de Dios es el Verbo de Dios, y se puede comparar al Verbo de Dios hecho carne con el verbo (palabra) de un rey escrito sobre un papel. Pues bien, si alguien rompiese el papel donde está escrita la palabra del rey, cometería una falta tan grave como si rompiese la palabra del rey. Por lo mismo se considera el pecado de los judíos de igual manera que si hubiesen matado al Verbo de Dios.