Mostrando entradas con la etiqueta VIRTUDES TEOLOGALES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta VIRTUDES TEOLOGALES. Mostrar todas las entradas

5/6/14

LA ESPERANZA (IV)


La confianza. Esperanza y juventud.

Llegando ya a su fin la cincuentena pascual, que se cerrará para toda la Iglesia el próximo domingo, Dios mediante, con la celebración de Pentecostés, llega también a su fin la serie de artículos sobre la esperanza que nos propusimos desarrollar durante este sagrado tiempo. Dada esta circunstancia, hoy es el turno de decir algo acerca de una virtud que, sin ser realmente distinta de la esperanza, ha ido cobrando cierta autonomía en el vocabulario de la espiritualidad cristiana, sobre todo a partir del auge de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús; nos referimos a la confianza.

El Rvdo. P. Thomas de Saint Laurent, en su bellísima obra “El libro de la confianza”, trae a colación una definición que el mismo Santo Tomás da de esta virtud, a saber: “Una esperanza fortalecida por una sólida convicción” (S. Th., II-II, q. 129, a. 6: “Spes roborata ex aliqua firma opinione”). El vocablo latino que utiliza el Angélico es el de fiducia, disposición que considera al mismo tiempo expresión de la magnanimidad, en la medida en que esta se “refiere propiamente a la esperanza de algo arduo” (Ibid.). De este modo, no existe entre esperanza y confianza “diferencia de naturaleza, sino solamente de grado de intensidad” (THOMAS DE SAINT LAURENT, El libro de la confianza, c. II); en efecto, la una (la confianza) no es más “que el desarrollo completo de la otra [la esperanza]” (Ibid.), al no tolerar la menor vacilación o inquietud, que subsiste incluso en la simple esperanza, cuando todavía no ha alcanzado este su grado supremo.

Resulta providencial a este respecto el haber comenzado esta semana a transitar el mes de junio, tradicionalmente dedicado al Sagrado Corazón, cuya solemnidad celebraremos este año el 27 de junio. Bueno sería durante este mes, ciertamente, renovar cada día nuestra confianza en él, repitiendo la hermosa jaculatoria que todos conocemos: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”. 


*    *    *    *    *    *    *    *

A lo largo de esta serie de artículos sobre la esperanza no hemos aludido aún a la relación tan sugestiva que vincula esperanza y juventud, a la que se han dedicado en todo tiempo jugosas reflexiones. En efecto, “la mocedad y la esperanza están en mutua relación en varios sentidos. Ambas se corresponden, tanto en el dominio de lo sobrenatural como en el de lo natural. La figura del joven es el símbolo eterno de la esperanza, lo mismo que lo es de la grandeza de ánimo” (JOSEF PIEPER, Las virtudes fundamentales, Ediciones Rialp, Madrid (España), 2010, p. 375).

En una época como la nuestra, que rinde un culto vano a la juventud en su aspecto más superficial, es preciso subrayar la virtualidad rejuvenecedora de la esperanza, a la vez que señalar la diferencia abismal que la separa del cliché meramente estético, por el cual se busca ocultar cualquier rasgo que pueda delatar el paso del tiempo. “La juventud que la esperanza sobrenatural da al hombre”, dice Pieper a este respecto, “afecta al ser humano de una forma mucho más profunda que la juventud natural. La juventud fundada en lo sobrenatural, pero que repercute muy visiblemente en lo natural del cristiano que espera, vive de una raíz soterrada en una zona del ser humano a la que no alcanzan las fuerzas de la esperanza natural. Pues la juventud sobrenatural deriva de la participación en la vida divina, que nos es más íntima y próxima que nosotros mismos”. De ahí que “la juventud del hombre que tiende hacia la vida eterna es esencialmente indestructible. Es inaccesible a la vejez y a la desilusión; triunfa precisamente del declinar de la juventud natural y de las tentaciones de la desesperación” (Ibid., p. 376).

“Yahvé es un Dios eterno que ha creado hasta los extremos del mundo.
No se cansa ni se fatiga, y su inteligencia no tiene límites.
Él da la fuerza al que está cansado y robustece al que está débil.
Mientras los jóvenes se cansan y se fatigan
y hasta pueden llegar a caerse,
Los que confían en Él recuperan fuerzas,
y les crecen alas como de águilas.
Correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse” (Is. 40, 28-31) 


*    *    *    *    *    *    *    *  

Se cuenta que cuando Miguel Ángel terminó su célebre Piedad, que aún hoy puede admirarse en el Vaticano, causó gran sorpresa la juventud que representaba la hermosa figura de Virgen Santísima, teniendo en cuenta la edad que realmente tendría al momento de la crucifixión y muerte de su Hijo. Con la agudeza propia del genio que era, el artista respondió sencillamente: “Las personas enamoradas de Dios no envejecen nunca”.

Sea lo que fuere de la autenticidad histórica de la respuesta (algunos modifican ligeramente el contenido de las palabras), ella expresa un verdad profunda. En efecto, la santidad excelsa de la Virgen, y la firmeza de su esperanza, debieron conferirle en todo momento una invariable juventud, que se prolonga ahora para siempre en la eternidad, en donde permanece junto al Señor Jesucristo como Reina y Señora, por los siglos de los siglos.

20/5/14

LA ESPERANZA (III)


El pecado de la desesperación

A pesar de no tratarse de una virtud moral, vale decir, un justo medio situado entre vicios extremos y opuestos, también la esperanza está acechada por un doble peligro, a saber: el de la desesperación y el de la presunción, que el filósofo alemán Josef Pieper califica, empero, de variantes diversas de una misma actitud, cual es la de la “anticipación”. En efecto, “la praesumptio es la anticipación antinatural de la plenitud. También la desesperación es anticipación. Es la anticipación antinatural de la no-plenitud”. De este modo, “llamar a la desesperación y a la presunción «anticipaciones» pone de manifiesto el hecho de que ambas destruyen el caminar característico de la existencia humana en el status viatoris. Ambas suprimen el auténtico hacerse, el «aún no» de la plenitud queda entendido, en una nueva interpretación contraria a la realidad, como «no» o como «ya». Con la desesperación, igualmente que con la presunción, se petrifica y congela lo propiamente humano, que sólo la esperanza puede mantener en fluidez viva. Ambas formas de falta de esperanza son, en sentido auténtico, no humanas y mortales” (JOSEF PIEPER, Las virtudes fundamentales, Ediciones Rialp, Madrid (España), 2010, p. 378).

Sin negar esta tensión a que está sujeta la esperanza por ambos lados, es posible afirmar, con todo, que pertenece a la desesperación el constituir la negación más radical de la esperanza, por cuanto la presunción se le opone como su real “caricatura”, “mientras que a la desesperación le corresponde más bien el carácter trágico” (Ibid., p. 388). Por lo demás, la particular gravedad que entraña la desesperación en relación a los vicios que contradicen a la otras dos virtudes teologales es puesta de manifiesto por Santo Tomás, cuando dice que “considerada desde nosotros, y comparada con los otros dos pecados [la infidelidad y el odio a Dios], entraña mayor peligro la desesperación. Efectivamente, la esperanza nos aparta del mal y nos introduce en la senda del bien. Por eso mismo, perdida la esperanza, los hombres se lanzan sin freno en el vicio y abandonan todas las buenas obras” (S. Th., II-II, q. 20, a. 3).

Ahora bien, puesta de relieve la peligrosidad de la desesperación, es preciso caracterizarla, a fin de alcanzar una comprensión de su auténtica naturaleza, apenas significada en su especificidad teológico-moral por el término en cuestión. En efecto, “cuando hablamos hoy día de la desesperación”, señala Pieper, “pensamos la mayoría de las veces en un estado anímico en que se «recae», casi contra la propia voluntad. Pero aquí entendemos por desesperación una decisión voluntaria. No un temple de ánimo, sino un acto espiritual. Por tanto, no es algo en que se recae, sino algo que el hombre pone (…) La desesperación de que se trata aquí es pecado. Y precisamente un pecado que se caracteriza por tener una especial eficacia y una acrecentada actividad para el mal” (Op. cit., p. 379).

Como toda desesperación, también el pecado que lleva el mismo nombre implica la afirmación anticipada de que el bien al que el hombre tiende finalmente no se alcanzará. No se trata, en este sentido, de un mero temor o inquietud, sino de una convicción de signo opuesto al de la esperanza, basada en “la falsa apreciación de Dios”, que consiste en “pensar que niega el perdón a quien se arrepiente, o que no convierta a sí a los pecadores por la gracia santificante” (SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., II-II, q. 20., a. 1). Ahora bien, como el objeto de esta es la bienaventuranza eterna, solo es posible hablar de auténtica desesperación cuando el bien del que se desespera es justamente esta salvación ofrecida por Dios, a la que se refiere implícitamente el Aquinate en el texto aludido. Es por ello que “por encima de una esperanza que tiene sus raíces en el ser más profundo del alma puede haber, más cerca de la superficie, por así decirlo, desesperaciones de diversas clases, pero que no afectan a la esperanza más profunda ni tienen importancia definitiva”; y, por el contrario, “un hombre desesperado en su fondo más último puede mostrarse completamente «optimista» —para otros y para sí mismo— en los penúltimos dominios del ser” (JOSEF PIEPER, op. cit., p. 379).

A modo de conclusión, es interesante señalar el lugar que ocupa la desesperación en el cuadro general de los vicios, construido a partir de la tradicional clasificación de los siete vicios capitales. En efecto, allí se ve que, lejos de constituir la desesperación “cabeza” de otros, procede en cambio de uno de ellos, y no precisamente de uno cualquiera, sino de la “acedia”, definida como species tristitiae (una especie de tristeza), o más bíblicamente como tristitiae saeculi (tristeza del mundo), pero que no es en el fondo más que el fruto de la detestatio boni divini (detestación del bien divino); esta es la especie de tristeza con que se identifica, a saber, la producida por el bien divino, en cuanto supone para el hombre una exigencia el alcanzarlo. A este respecto, Pieper nos brinda una brillante y contundente caracterización al afirmar que “la pereza [o acedia] como pecado capital es la renuncia malhumorada y triste, estúpidamente egoísta, del hombre a la «nobleza que obliga» de ser hijos de Dios” (Ibid., p. 384).

Con la ayuda de Dios, continuaremos la próxima semana.

14/5/14

LA ESPERANZA (II)


La esperanza como virtud

Continuando ya con la serie de artículos sobre la esperanza que teníamos proyectado ofrecer durante este tiempo pascual, ahora es preciso irnos adentrando, siquiera a grandes rasgos, en lo que sería el contenido del tratado teológico sobre esta virtud. Lo haremos a partir de lo que nos dice a este respecto Santo Tomás en su Suma Teológica, en la sección correspondiente al estudio de la esperanza (II-II, q. 17-23). 

Ante todo, se afirma que la esperanza es ciertamente una virtud, vale decir, en cuanto perfecciona al hombre ajustándolo a una regla o medida, que es en este caso Dios mismo, en quien se apoya a la vez que tiende hacia él por medio de la esperanza teologal (q. 17, a. 1; cfr. a. 5)). Su objeto propio y principal, por otro lado, es la bienaventuranza eterna, único bien proporcionado a quien lo causa, el Sumo e Infinito Bien, aunque también puede tener por objeto la consecución de otros bienes, en la medida en que se ordenan a aquel (a. 2). Su sujeto, en fin, es el hombre, pero solo statu viatoris (en estado de viador), ya que ni en los bienaventurados ni en los condenados se da esperanza: por la posesión plena y perpetua del bien presente, en los primeros (q. 18, a. 2); por la pérdida definitiva e irreparable del mismo, en los segundos (a. 3). Ahora bien, es la voluntad la facultad del hombre aquella en que la esperanza reside como en su sujeto específico, ya que su objeto es el bien, no sensible, sino divino (a. 1). 

Los artículos 3-4 de la q. 17 plantean con agudeza el problema de la forma en que se manifiesta la esperanza en las relaciones con los demás hombres; concretamente, en qué medida es posible esperar para otro la bienaventuranza eterna (a. 3), a la vez que esperar lícitamente en hombre alguno (a. 4). En respuesta a lo primero, afirma justamente el Doctor Angélico que, si bien la esperanza hace referencia directamente a un bien propio, por cuanto entraña un movimiento o inclinación que “implica siempre tendencia a un final apropiado al móvil”, se puede esperar para otro la bienaventuranza, y ello en virtud de la caridad, por la cual nos unimos al otro de modo tal que su bien es asumido en cierto modo como el bien de uno mismo. En cuanto a lo segundo, la respuesta es previsible: no puede esperarse en el hombre como causa eficiente principal de la bienaventuranza eterna, sino tan solo como causa instrumental, siendo el ejemplo de los santos y su intercesión el más patente. 

Los últimos tres artículos de la cuestión abordan las relaciones entre la esperanza y las otras dos virtudes teologales, a saber, la fe y la caridad. El art. 6, en efecto, traza con claridad meridiana la distinción entre ellas: por la caridad solamente el hombre se adhiere a Dios en sí mismo; por la fe y la esperanza, en cambio, en cuanto principio del que le vienen otros bienes, como son el conocimiento de la verdad perfecta (fe), y la consecución de la bienaventuranza eterna (esperanza). Los art. 7-8, por su parte, indagan acerca de las relaciones de precedencia entre fe y esperanza, y entre esperanza y caridad, respectivamente.

La conclusión del art. 7 es sencilla: la fe, ciertamente, precede a la esperanza, por cuanto su objeto, que es la vida eterna y el auxilio divino en orden a alcanzarla, nos resulta conocido solo por la fe. Más sutil resulta, sin embargo, el razonamiento que desarrolla el Aquinate en orden a desentrañar la relación esperanza-caridad, motivo por el cual conviene transcribir aquí el fragmento correspondiente del artículo en cuestión: “Hay un doble orden. Uno, por vía de generación y de materia, y, según ese orden, lo imperfecto precede a lo perfecto. El otro es el orden de perfección, y, según ese orden, lo perfecto por naturaleza es anterior a lo imperfecto. A tenor del primer orden, la esperanza es anterior a la caridad. Esto se pone en evidencia por el hecho de que la esperanza y todo movimiento del apetito se deriva del amor, como hemos visto al tratar de las pasiones. Ahora bien, el amor puede ser perfecto o imperfecto. Es en verdad perfecto el amor por el que alguien es amado por sí mismo, en cuanto se le quiere desinteresadamente el bien; tal es el amor del hombre al amigo. Es, en cambio, imperfecto el amor con que se ama algo no por sí mismo, sino para aprovecharse de su bien, como ama el hombre las cosas que codicia. Pues bien, el amor de Dios en el primer sentido corresponde a la caridad, que hace unirse a Dios por sí mismo; a la esperanza, en cambio, corresponde el amor en el segundo sentido, ya que quien espera intenta obtener algo para sí. De ahí que, en el orden de generación, la esperanza precede a la caridad (…) Pero en el orden de perfección la caridad es anterior a la esperanza. Por eso, cuando aparece la caridad, se hace más perfecta la esperanza, ya que esperamos más de los amigos”. 

En la última frase del texto citado se percibe una preciosa alusión a la doctrina de la caridad como forma de amistad (“in amicis maxime speramus”), que no es posible desarrollar aquí, pero que tiene para el tratado de la esperanza esta consecuencia tan estimulante y consoladora, entre tantas otras.

Dios mediante, continuaremos la próxima semana.

29/4/14

LA ESPERANZA (I)


Introducción

Hacia el final de nuestro artículo anterior, redactado con motivo de la celebración de la Pascua, aludíamos al hecho de que la secuencia litúrgica se refiriera a Cristo como “Esperanza” (“Spes mea” decía, en efecto, la Magdalena), dando pie con semejante referencia a la idea de que es quizá esta la virtud que refleja mejor que ninguna otra el carácter de este tiempo, que se inicia en el domingo de Pascua, pero que se extiende durante cincuenta días, hasta Pentecostés. Parece oportuno, pues, dedicar nuestras reflexiones semanales de la cincuentena pascual a la profundización del conocimiento de esta “niña muy pequeña”, como ha sido llamada por Charles Péguy.

Ante todo, es menester destacar el lugar que la virtud de la esperanza ocupa en el cuadro general de las virtudes. A este respecto, la tradición cristiana, apoyada en el dato revelado (cfr. Eclo. 2, 8ss; I Cor. 13, 13), ha reconocido a la esperanza como una de las tres virtudes teologales, así llamadas por un triple motivo, a saber: su existencia nos es revelada por el mismo Dios, que es quien a su vez las infunde en nosotros, y a quien ellas, finalmente, tienen por objeto (cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, S. Th., I-II, q. 62, a. 1). La esperanza, en este contexto, lejos de ser una mera pasión, constituye el hábito sobrenatural por el cual tendemos eficazmente a la unión plena con Dios en la vida eterna, dada por la caridad.

En su magnífico libro “Las virtudes fundamentales”, el filósofo alemán Josef Pieper nos brinda una profunda interpretación de la esperanza cristiana: “La esperanza cristiana es principalmente y ante todo la dirección de la existencia del hombre a la perfección de su naturaleza, a la saciedad de su esencia, a su última realización, a la plenitud del ser, a la que corresponde, por tanto, también la plenitud de la suerte, o, mejor dicho, de la felicidad” (Ediciones Rialp, Madrid (España), 2010, p. 26). Por otra parte, afirma asimismo Pieper que “la única respuesta que corresponde a la situación real de la existencia humana es la esperanza. La virtud de la esperanza es la virtud primaria correspondiente al status viatoris; es la auténtica virtud del «aún no». En la virtud de la esperanza se entiende y afirma el hombre ante todo como ser creado, como criatura de Dios” (Ibid., p. 361).

Es importante volver sobre la naturaleza sobrenatural (valga el juego de palabras) de la virtud de la esperanza, máxime tratándose de un término análogo, que sirve para designar realidades que, si bien pueden resultar semejantes, guardan una radical diferencia entre sí. En efecto, existe también la pasión de la esperanza, y su manifestación a nivel meramente natural, como deseosa expectación de algo que es aprehendido como un bien. Pieper destaca con gran agudeza la irreductible diferencia que separa a ambos tipos de esperanza, a la vez que percibe una no menos profunda continuidad: “El hombre natural nunca podría, por mucha grandeza de ánimo que tuviera, esperar la vida eterna, consistente en la visión bienaventurada de Dios, sin caer con ello en la soberbia (y cesando, por tanto, de tener grandeza de ánimo). Y, no obstante, en toda esperanza natural se alude implícitamente a esta sobrenatural plenitud de ser, a la que se dirige la virtud teologal de la esperanza. Todas nuestras esperanzas naturales aspiran a realizaciones que son como reflejos y sombras confusas de la vida eterna, como sus inconscientes preludios. La virtud de la esperanza trae también, en un sentido concreto, ordenación y dirección a la esperanza natural del hombre, la cual por ella queda vinculada a su propio y último «aún no»” (Ibid., pp. 373-374).

Ahora bien, el carácter específicamente cristiano de la esperanza a que aquí nos referimos no obedece solamente al hecho de tratarse de una virtud teologal, vale decir, sobrenatural, sino también, y sobre todo, a su intrínseca referencia a Cristo Jesús. “Cristo es el fundamento real de la esperanza. En una insondable frase de la Epístola a los Hebreos se habla de la «esperanza que tenemos como segura y firme áncora de nuestra alma y que penetra hasta detrás del velo adonde entró por nosotros como precursor Jesús» (6, 19-20) (…) Cristo es al mismo tiempo el cumplimiento real de nuestra esperanza (...) San Pablo no ha dicho «seremos salvados», sino «estamos ya ahora salvados» (Rm. 8, 24); pero todavía no en realidad (re), sino en esperanza; dice «en la esperanza somos salvos» (...) Esta vinculación entitativa de nuestra esperanza a Cristo es tan decisiva que no puede esperar nada quien no está en Cristo” (JOSEF PIEPER, op. cit., pp. 371-372).

La otra cara de esta última afirmación del filósofo tomista alemán, que nos ha guiado a través de estas reflexiones sobre la esperanza, es que, por el contrario, todo lo puede esperar quien sí está en él, vale decir, en Cristo Jesús, la memoria de cuya gloriosa resurrección llena los días de la cincuentena pascual. La Virgen Madre, “vida, dulzura y esperanza nuestra”, nos ayude a ejercitar esta hermosa virtud y lleve hacia su Hijo.