Que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen.
38. El cristiano debe creer en el Hijo de Dios, como acabamos de mostrarlo. Pero ello no basta: también es menester que crea en su Encarnación. Por lo cual San Juan, después de haber dicho muchas cosas muy difíciles y elevadas sobre el Verbo, nos habla enseguida de su Encarnación cuando dice: Y el Verbo se hizo carne (1, 14).
Y para que podamos entender algo de este misterio, propondré dos ejemplos.
Es indudable que nada es tan parecido al Hijo de Dios como el verbo que nuestra inteligencia concibe sin proferirlo por los labios. Ahora bien, nadie conoce al verbo mientras permanece en la inteligencia del hombre si no es aquél que lo concibe; pero en el momento en que nuestra lengua lo profiere es conocido por los que lo oyen. Así el Verbo de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre, era conocido solamente de su Padre; pero una vez que se revistió de carne, como el verbo del hombre se reviste con el sonido de la voz, entonces por vez primera se manifestó y fue conocido, según dice Baruc: Después se dejó ver en la tierra y convivió con los hombres (3, 38).
He aquí el segundo ejemplo. Conocemos por el oído el verbo proferido por la voz, y sin embargo no lo vemos ni tocamos; pero si lo escribimos sobre un papel, entonces podemos verlo y tocarlo. Así el Verbo de Dios se hizo visible y tangible cuando fue como escrito en nuestra carne; y así como al papel en el que está escrito el verbo del rey se lo llama verbo del rey, así también el hombre al cual se unió el Verbo de Dios en una sola persona se llama Hijo de Dios. Recordemos las palabras del Señor a Isaías: Toma un pergamino grande, y escribe en él con pluma de hombre (Is. 8, 1). Por eso los santos Apóstoles pusieron en el Credo: "Que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen".
39. En relación con esta doctrina muchos son los que erraron. Por lo cual los Santos Padres, en otro Símbolo, en el Concilio de Nicea, añadieron numerosas precisiones, en virtud de las cuales todos esos errores están ahora destruidos.
Y para que podamos entender algo de este misterio, propondré dos ejemplos.
Es indudable que nada es tan parecido al Hijo de Dios como el verbo que nuestra inteligencia concibe sin proferirlo por los labios. Ahora bien, nadie conoce al verbo mientras permanece en la inteligencia del hombre si no es aquél que lo concibe; pero en el momento en que nuestra lengua lo profiere es conocido por los que lo oyen. Así el Verbo de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre, era conocido solamente de su Padre; pero una vez que se revistió de carne, como el verbo del hombre se reviste con el sonido de la voz, entonces por vez primera se manifestó y fue conocido, según dice Baruc: Después se dejó ver en la tierra y convivió con los hombres (3, 38).
He aquí el segundo ejemplo. Conocemos por el oído el verbo proferido por la voz, y sin embargo no lo vemos ni tocamos; pero si lo escribimos sobre un papel, entonces podemos verlo y tocarlo. Así el Verbo de Dios se hizo visible y tangible cuando fue como escrito en nuestra carne; y así como al papel en el que está escrito el verbo del rey se lo llama verbo del rey, así también el hombre al cual se unió el Verbo de Dios en una sola persona se llama Hijo de Dios. Recordemos las palabras del Señor a Isaías: Toma un pergamino grande, y escribe en él con pluma de hombre (Is. 8, 1). Por eso los santos Apóstoles pusieron en el Credo: "Que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen".
39. En relación con esta doctrina muchos son los que erraron. Por lo cual los Santos Padres, en otro Símbolo, en el Concilio de Nicea, añadieron numerosas precisiones, en virtud de las cuales todos esos errores están ahora destruidos.


