27/5/14

EL CREDO COMENTADO POR SANTO TOMÁS DE AQUINO - ARTÍCULO 5


Descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de entre los muertos.


66. Como ya dijimos, la muerte de Cristo consistió en la separación del alma y del cuerpo, como en los demás hombres; pero la Divinidad estaba indisolublemente unida a Cristo hombre, que aun cuando el alma y el cuerpo se separaron entre sí, la Divinidad misma estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo. Por eso el Hijo de Dios estuvo en el sepulcro con su cuerpo y descendió a los infiernos con su alma

67. Son CUATRO las razones por las que Cristo descendió a los infiernos con su alma.

La PRIMERA, para soportar toda la pena del pecado, expiando así toda la culpa. Porque la pena del pecado del hombre no consistía sólo en la muerte del cuerpo, sino también en el sufrimiento del alma. Porque el pecado afectaba también el alma, y consiguientemente debía ser ésta castigada con la privación de la visión divina. Para abolir esta pena aún no se había dado satisfacción. Y por eso, antes de la venida de Cristo, todos, incluso los santos Padres, descendían al infierno después de su muerte. Así es que para soportar toda la pena debida a los pecadores, Cristo quiso no sólo morir, sino también descender con su alma a los infiernos. Como dice el Salmo: Me cuentan entre los que descienden al abismo: soy como un hombre desamparado, libre entre los muertos (Ps. 87, 4-5). Pues los demás estaban allí como esclavos, pero Cristo como libre. 

68. La SEGUNDA razón: para socorrer perfectamente a todos sus amigos. Porque Cristo tenía amigos no sólo en el mundo sino también en los infiernos. Pues alguien es amigo de Cristo en la medida en que tiene caridad, y en el infierno moraban muchos que habían muerto con la caridad y la fe en Cristo que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros hombres justos y perfectos. Y así como Cristo había visitado a los suyos en el mundo y los había socorrido con su muerte, quiso también visitar a los suyos que estaban en los infiernos y ayudarlos descendiendo hasta donde ellos estaban. Penetraré todas las profundidades de la tierra, visitaré a todos los que duermen, e iluminaré a todos los que esperan en el Señor (Eccli. 24, 45). 

69. La TERCERA razón: para triunfar perfectamente sobre el diablo. Se triunfa de manera perfecta sobre un enemigo, cuando no sólo se lo vence en el campo de batalla, sino también cuando se le acomete hasta en su propia casa y se le arrebata la sede de su reino y su misma casa. Pues bien: Cristo había triunfado en su lucha con el diablo y lo había vencido sobre la cruz, por lo que Él mismo dijo: Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo (o sea, el diablo) será echado fuera (Jo. 12, 31). Pero no se contentó con esto, sino que para triunfar de manera perfecta, quiso arrebatarle la sede de su reino, y atarlo en su caso, que es el infierno. Por eso descendió hasta allí. y le arrebató todos sus bienes, y lo ató, y le quitó su presa. Y, como dice San Pablo, una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió valerosamente y los llevó delante de sí, triunfando de ellos en su propia persona (Col. 2, 15).

Además, así como Cristo había recibido el poder y la posesión del cielo y de la tierra, quiso también recibir la posesión de los infiernos, para que así, según el Apóstol: Al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los infiernos (Filip. 2, 10). Jesús mismo había dicho: En mi nombre expulsarán demonios (Mc. 16, 17).

70. La CUARTA y última razón: para liberar a los santos que estaban en los infiernos. Porque así como Cristo quiso padecer la muerte para liberar de la muerte a los vivos, así también quiso descender a los infiernos para liberar a los que allí se encontraban. Podríamos dirigirle las palabras del profeta: Tú, Señor, por la sangre de tu alianza, liberaste a los cautivos del abismo sin agua (Zac. 9, 11). El Señor cumplió así la palabra del profeta: ¡Oh muerte!, yo seré tu muerte; ¡oh infierno!, yo seré tu mordedura (Os. 13, 14).

En efecto, aunque Cristo destruyó totalmente a la muerte, sin embargo no destruyó del todo a los infiernos, sino que los ha como mordido; porque no liberó a todos del infierno, sino solamente a los que estaban sin pecado original, ya sea porque la circuncisión los había de él liberado EN CUANTO A SU PERSONA, ya sea porque se habían salvado antes que Dios diese la circuncisión a los Patriarcas, o por la fe de sus padres fieles, si no tenían uso de razón, o, si eran adultos, por los sacrificios y por la fe en el Cristo que debía venir; pero permanecían en los infiernos por causa del pecado original de Adán, del cual no podían ser liberados, EN CUANTO A LA NATURALEZA, sino por Cristo. Y por tanto dejó allí a los que habían descendido con pecado mortal y a los niños incircuncisos. Ésta es la razón por la cual dijo: ¡Oh infierno!, seré tu mordedura.

Así, pues, queda claro que Cristo descendió a los infiernos, y por qué razones.

71. De todo esto podemos extraer, para instrucción nuestra, CUATRO conclusiones.

PRIMERO, una firme esperanza en Dios. Porque por grande que sea la aflicción en la que un hombre está sumergido, siempre debe esperar ayuda de Dios y poner en Él su confianza. En efecto, no puede haber cosa tan penosa como estar en los infiernos. Si, pues, Cristo liberó a los que allí se encontraban, todo aquel que sea amigo de Dios debe tener gran confianza en que será librado por Él de cualquier angustia. Leemos en la Escritura: La divina Sabiduría no desamparó al justo vendido ... descendió con él a la fosa, y no lo desamparó en las cadenas (Sab. 10, 13-14). Y porque Dios ayuda especialmente a sus servidores, debe estar muy seguro aquel que sirve a Dios. Quien teme a Dios -dice la Escritura- no temblará, no tendrá miedo, porque Dios mismo es su esperanza (Eccli. 24, 16).

72. En SEGUNDO lugar, debemos concebir el temor a Dios y apartar la presunción. Porque aun cuando Cristo haya padecido por los pecadores y descendido a los infiernos, sin embargo no liberó a todos, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, como ya se dijo. Y allí dejó a los que habían muerto con ese pecado. Por lo tanto, que ninguno de los que allí bajen en pecado mortal espere perdón, pues estará tanto tiempo en el infierno cuanto los santos Padres en el paraíso, esto es, eternamente. Cristo ha dicho: Irán éstos al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna (Mt. 25, 46).

73. En TERCER lugar, debemos estar alertas. Precisamente porque Cristo descendió a los infiernos por nuestra salvación, nosotros debemos preocuparnos por descender allí frecuentemente considerando aquellas penas, como lo hacía el santo rey Ezequías, el cual decía: Yo dije: A la mitad de mis días iré a las puertas del infierno (Is. 38, 10). Porque quien, durante su vida, descienda allí frecuentemente con el pensamiento, no descenderá allí fácilmente al morir, ya que tal consideración lo aparta del pecado. Vemos cómo los hombres de este mundo se cuidan de obrar mal por temor al castigo temporal; ¿cuánto más deberían cuidarse considerando las penas del infierno que son tanto mayores por razón de su duración, intensidad y variedad? Acuérdate de tus postrimerías -dice la Escritura-, y nunca jamás pecarás (Eccli. 7, 40).

74. En CUARTO lugar, de ello resulta para nosotros un ejemplo de amor. Porque Cristo descendió a los infiernos para liberar a los suyos, y por lo tanto también nosotros debemos descender allí (en espíritu), para ayudar a los nuestros. Pues las almas del purgatorio nada pueden, por lo cual debemos ayudar a los que allí están. Muy cruel sería quien no ayudara a un ser querido que estuviese encerrado en una cárcel terrestre; pero sería aún mucho más cruel quien no ayudase al amigo que está en el purgatorio, no habiendo comparación alguna entre las penas de este mundo y aquellas. Compadeceos de mí, compadeceos de mí siquiera vosotros, mis amigos, -decía Jacob- porque la mano del Señor me ha herido (19, 21). Por eso leemos en la Escritura: Obra santa y saludable es orar por los difuntos para que sean librados de sus pecados (2 Mac. 12, 46). 

75. Como dice San Agustín, se les ayuda principalmente de TRES maneras, a saber, con misas, con oraciones y con limosnas. San Gregorio agrega una CUARTA manera: el ayuno. Lo cual no es de extrañar, porque incluso en este mundo, puede un amigo satisfacer por su amigo. Sin embargo, esto debe entenderse respecto a los que están en el purgatorio.

76. Dos cosas debe conocer el hombre: la gloria de Dios y el castigo del infierno. Atraídos, en efecto, por la gloria, y atemorizados por los castigos, los hombres se cuidan y se apartan de los pecados. Pero es muy difícil para el hombre conocer estas cosas. Por lo cual acerca de la gloria se dice en la Escritura: ¿Quién penetrará lo que está en el cielo? (Sab. 9, 16). Es ciertamente difícil para los hombres terrenos, porque, como se dice en San Juan: El que es de la tierra, de la tierra habla (3, 31), pero no lo es para los hombres espirituales, porque el que viene de los alto, está por encima de todos, como se dice en el mismo lugar. Precisamente por eso, para enseñarnos las cosas celestiales, Dios bajó del cielo y se encarnó.

Era también muy difícil conocer las penas del infierno. La Escritura pone esta frase en boca de los impíos: No se sabe de nadie que haya vuelto de los infiernos (Sab. 2, 1). Pero ahora ya no se puede decir tal cosa porque, así como Cristo bajó del cielo para enseñarnos las cosas celestiales, así resucitó de los infiernos para instruirnos sobre los infiernos. Y por lo tanto es necesario que creamos no sólo que Cristo se hizo hombre y murió, sino también que resucitó de entre los muertos. Por lo cual se dice en el Credo: "Y al tercer día resucitó de entre los muertos".

77. Vemos en la Escritura que muchos resucitaron de entre los muertos, como por ejemplo Lázaro, el hijo de la viuda, la hija del jefe de la sinagoga. Pero la resurrección de Cristo difiere de la resurrección de éstos y de otros en CUATRO cosas.

PRIMERO, en cuanto a la causa de la resurrección. En efecto, los otros resucitados no resucitaron por su propia virtud sino por el poder de Cristo o por las oraciones de algún santo; en cambio Cristo resucitó por su propia virtud, ya que no sólo era hombre sino también Dios, y la Divinidad del Verbo nunca quedó separada ni de su alma ni de su cuerpo, por lo cual, cuando quiso, el cuerpo recobró el alma, y el alma recobró el cuerpo. Cristo dijo de sí mismo: Tengo poder para dar mi alma, y tengo poder para retomarla de nuevo (Jo. 10, 18). Y si bien es cierto que Cristo murió, ello no fue por debilidad ni por necesidad impuesta desde afuera, sino por su propio poder, porque murió voluntariamente, como se ve por el hecho de que cuando entregó su espíritu, gritó con fuerte voz, cosa que no pueden hacer los otros hombres porque mueren en razón de su debilidad. Por lo cual dijo el centurión: Verdaderamente éste era el Hijo de Dios (Mt. 27, 54). Y por eso, así como por su propio poder entregó su alma, así también por su propio poder la recobró. Por ello decimos: Cristo "resucitó", siendo su resurrección obra suya, y no decimos: "fue resucitado", como si su resurrección fuese obra de otro. Me acosté, y me dormí, luego me levanté, dice el Salmo (3, 6). Ni esto es contrario a lo que dijo San Pedro en su discurso a los judíos: A este Jesús lo resucitó Dios (Act. 2, 32), porque, en efecto, el Padre lo resucitó, y también el Hijo: ya que el Padre y el Hijo tienen un solo y único poder.

78. En SEGUNDO lugar, difiere por la vida a la cual resucitó. Porque Cristo resucitó a una vida gloriosa e incorruptible. Dice el Apóstol: Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre (Rom. 6, 4). En cambio los otros resucitaron a la misma vida que habían tenido antes de su muerte, como consta de Lázaro y de otros.

79. En TERCER lugar, difiere por su fruto, y por su eficacia. Efectivamente, todos resucitan por el poder de la resurrección de Cristo. Leemos en el Evangelio: Los cuerpos de muchos santos que habían muerto resucitaron (Mt. 27, 52). Y el Apóstol escribe: Cristo resucitó de entre los muertos, como primicia de los que duermen (1 Cor. 15, 20).

No olvidemos, sin embargo, que por su Pasión Cristo llegó a la gloria, como Él mismo se lo dijo a los discípulos de Emaús: ¿No era preciso que Cristo padeciese de ese modo y así entrara en su gloria? (Lc. 24, 26). Así nos enseña cómo nosotros podemos llegar a la gloria. Dice el Apóstol: Es preciso que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios (Act. 14, 21).

80. En CUARTO lugar, difiere por el tiempo en que se realizó. En efecto, la resurrección de los demás es diferida hasta el fin del mundo, salvo a algunos privilegiados para los cuales se anticipa, como la Santísima Virgen, y según una piadosa creencia, San Juan Evangelista; en cambio Cristo resucitó al tercer día. Y la razón de ello es que la resurrección, la muerte y la natividad de Cristo acontecieron para nuestra salvación, y por lo tanto sólo quiso resucitar cuando nuestra salvación quedó completamente realizada. Si hubiese resucitado enseguida que murió, los hombres no hubieran creído que hubiese muerto. Asimismo, si hubiese demorado mucho, sus discípulos no habrían perseverado en la fe, y así su Pasión hubiera sido absolutamente inútil. ¿Qué utilidad acarreará mi muerte si desciendo a la corrupción?, dice el Salmo (39, 10). Por eso resucitó al tercer día, para que no dudasen de su muerte, y para que los discípulos no perdiesen la fe.

81. De lo dicho acerca de la resurrección podemos sacra CUATRO consecuencias para nuestra ilustración.

PRIMERO, que nos apliquemos por resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se logra por la penitencia. Dice el Apóstol: Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará (Ef. 5, 14). Ésta es la resurrección primera, de la que dice San Juan: Bienaventurado el que tiene parte en la resurrección primera (Ap. 20, 6).

82. SEGUNDO, que no esperemos la hora de la muerte para resucitar del pecado, sino que volvamos pronto a la vida de la gracia, puesto que Cristo resucitó al tercer día. Dice la Escritura: No tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro (Eccli. 5, 8), porque agobiado por la debilidad, no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se comunican en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado. Además, el diablo, dice San Beda, cuanto más tiempo posee a alguno, con tanta mayor dificultad lo deja.

83. En TERCER lugar, que hemos de resucitar a la vida incorruptible, de tal modo que no volvamos a morir a la vida de la gracia. Tal debe ser nuestro propósito que no pequemos más. Escribe San Pablo: Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no lo dominará más ... Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni tampoco ofrezcáis más vuestros miembros como instrumentos de iniquidad al servicio del pecado; antes bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida (Rom. 6, 9 y 11-13).

84. En CUARTO lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que evitemos todo aquello que antes haya sido para nosotros ocasión y causa de muerte y de pecado. Escribe San Pablo: Así como Cristo resucitó de entre los muertos para la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en novedad de vida (Rom. 6, 4). Esta nueva vida es la vida de la justicia, que renueva al alma y la conduce a la vida de la gloria. Amén.

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