sábado, 13 de julio de 2013

APOSTOLADO PROPIO DE LOS LAICOS

Jean Ousset, gran pensador francés y fundador de Cité Catholique
Extracto del libro "Para que Él reine" de Jean Ousset

Porque, también nosotros, los laicos o seglares, somos la Iglesia. Y eso que se llamó en el siglo XIX el "repliegue de la Iglesia al Santuario" no es más, en realidad, que la deserción de la gran masa de los seglares cristianos del combate por una "ciudad católica".

"Bajo este aspecto -decía Pio XII (13)-, los fieles, y más concretamente los seglares, se hallan en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; para ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por esto, especialmente, deben tener un convencimiento cada vez más claro no sólo de que pertenecen a la Iglesia, sino de que son la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles en la tierra, bajo la dirección del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunidad con él. Ellos son la Iglesia, y por esto ya desde los primeros tiempos de su historia, los fieles, con el consentimiento de sus Obispos, se unieron en asociaciones particulares concernientes a las más diversas manifestaciones de la vida. La Santa Sede no ha cesado jamás de aprobarlas y de alabarlas(14).


"Sería desconocer la naturaleza real de la Iglesia y su carácter social -escribía más recientemente Pio XII (15)- distinguir en ella un elemento puramente activo, las autoridades eclesiásticas, y por otra parte, un elemento puramente pasivo, los laicos. Todos los miembros de la Iglesia como Nos hemos dicho en la Encíclica Mystici Corporis Christi, están llamados a colaborar en la edificación y en el perfeccionamiento del Cuerpo Místico de Cristo (Cf. A.A.S.a. 35 -1943 pág. 241). Todos son personas libres, y deben ser por lo tanto activos ... el respeto a la dignidad del sacerdote fue siempre uno de los rasgos más típicos de la comunidad cristiana." Por el contrario, también el laico tiene sus derechos, y el sacerdote a su vez, debe reconocerlos. El laico tiene derecho a recibir de los sacerdotes todos los bienes espirituales, con el fin de lograr la salvación de su alma y llegar a la perfección cristiana. Cuando se trate de los derechos fundamentales del cristiano, puede hacer valer sus exigencias; aquí están en juego el sentido y la finalidad de toda la vida de la Iglesia, así como de la responsabilidad ante Dios, tanto del sacerdote como del laico...

... Es verdad que hoy más que nunca deben prestar esta colaboración con tanto más fervor 'para la edificación del Cuerpo de Cristo' (Efesios, IV, 12) en todas las formas de apostolado, especialmente y cuando se trata de hacer penetrar el espiritú cristiano en toda la vida familiar, social, económica y política...

... Por otra parte, apartándonos el problema que trae el reducido número de sacerdotes, las relaciones entre la Iglesia y el mundo exige la intervención de los apóstoles seglares. La 'consecratio mundie', es en lo esencial, obra de los mismos seglares, de hombres que inmersos íntimamente en la vida económica y social, participando en el gobierno y en las asambleas legislativas...".

Sin duda alguna, el "Príncipe de este mundo" debe temerlo todo de un ejército de seglares verdaderamente católico y decididos a combatir de veras por el reinado de Cristo sobre las instituciones.

La ignorancia religiosa de los seglares es el auxiliar más seguro de Satanás. Y, cuando no puede conseguirla, tiende a hacer callar a los que sabe.

Este es el secreto de cierto "testimonio" que algunos quisieran vernos prestar..., pero a condición de que fuese mudo.

Hablar -dicen- no corresponde al laico; solo el clérigo tiene potestad de enseñar.

Piensan que "basta dar testimonio de existencia, aún cuando este testimonio se exteriorice sólo por actos de beneficencia o por un esfuerzo en la obtención de una mayor justicia y calidad humanas. Pero, ¿no sería equívoco semejante testimonio sino deja entrever la fuente profunda de donde se alimenta? Por no expresar la fe que lo anima, favorecerá a veces un respeto humano que se ignora y quedará con frecuencia ineficaz, en un mundo que recusa lo sobrenatural ...

... Eregir en principio que es preciso silenciar lo sobrenatural, es exponerse, en realidad, a testimoniar contra ello. Se llegará fácilmente a la conclusión de que no creemos en lo sobrenatural o que lo consideramos sin importancia" (16).

Santo Tomás pensaba, muy por el contrario, que "cada uno esta obligado a manifestar públicamente su fe, ya sea para instruir y animar a los otros fieles, ya para rechazar los ataques de los adversarios" (16 bis).

Y León XIII precisa: (17) "Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levantan incesantes clamores para oprimir a la verdad, es propio de los hombres cobardes, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa ... muy poco se necesitaría, a menudo, para reducir a la nada las acusaciones e injustas y refutar las opiniones erradas; y si quisiéramos imponernos un trabajo más serio, tendríamos siempre la certeza de vencerlas.

Lo primero que ese deber nos impone, es profesar abiertamente y constantemente la doctrina católica y propagarla, cada uno según sus fuerzas. (18) Porque, se ha dicho, como repetidas veces y con muchísima verdad, nada daña tanto a la doctrina cristiana como no ser conocida, pues cuando se la entiende bien, basta ella sola para rechazar todos lo errores...

Por derecho divino la misión de predicar, es decir, de enseñar, pertenece a los doctores, esto es, a los obispos, que el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios. Esa misión pertence por encima de todo al romano Pontífice, vicario de Jesucristo, encargado con poder soberano para regir a la Iglesia universal como Maestro de la fe y de las costumbres. A pesar de ello, no se debe creer que esté prohibido a los particulares cooperar, en cierta manera, con este apostolado, sobre todo si se trata de hombres, a quienes Dios ha otorgado, junto a los dones de la inteligencia, el deseo de hacerse útiles.

Cuantas veces lo exija la necesidad, pueden éstos fácilmente no, claro esta, arrogarse la decisión de los doctores, sino comunicar a los demás lo que ellos mismos han recibido, y ser, por así decirlo, el eco de la enseñanza de los maestros. Por otra parte, la cooperación privada ha sido juzgada por los Padres del Concilio Vaticano, de tal modo oportuna y fecunda que no han dudado en reclamarla ... que cada uno, pues, recuerde que puede y que debe difundir la fe católica con la autoridad del ejemplo, y de predicarla mediante la profesión pública y constante de las obligaciones que ella impone" (19).

La verdadera misión del laico cristiano es hablar, hacer suyo todo lo que es de la Iglesia. Esta identificación es indispensable para la plena expansión del reinado social de nuestro Señor.

El orden divino es tan perfecto que los deberes del laico se encuentran unidos entre si por un interés más directo, cuyo saludable impulso tal vez no experimente el clérigo.

Monseñor Pie lo presentía ya cuando exclamaba: "llegará el día en que la sociedad, la familia, la propiedad rechazan aún más enérgicamente que nosotros mismos ciertos axiomas de secularización exclusiva y sistemática, que le habrán sido más funestos que a la propia Iglesia" (20).

El laico, en cierto sentido, esta mas directamente interesado en el triunfo de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, y esto por razón de que el laico se encuentra, más que el clérigo, inmerso en el orden temporal, en el orden civil, en el orden secular; más comprometidos en los problemas sociales y más directamente interesado en materia política ...

En el fondo de todo ello puede haber una buena parte de egoísmo. Lo que no obsta para que este reflejo de simple interés pueda ser, como el temor de Dios, principio de sabiduría.

Forzando la nota, puede ocurrir que, por un sentido un tanto estrecho de la vida contemplativa y del reino de Dios, algún clérigo le parezca más cómodo hallarse reducido al santuario.

Así nos lo han dado a entender con bastante frecuencia exclamaciones como esta: "Estamos mucho más tranquilos ahora, ahora que la Iglesia esta separada del Estado..." ¡Como si esta tranquilidad podría ser un ideal de la Iglesia militante! 

Por tanto, es una gracia concedida al laicado el no poder descansar en semejante abandono y el verse más directamente sacudido por la conmoción del orden civil, que es su propio dominio.

Una vez más tenía razón el Cardenal Pie: "llegará un día...". Consideramos que ese día ha llegado... en que los laicos tienen que rechazar, más enérgicamente acaso que ciertos clérigos, esos axiomas de secularización, laicismo, liberalismo, socialismo, que son como el cáncer de la sociedad moderna.

Esta reacción no expresa, en modo alguno, una iniciativa temeraria, incluso anárquica, del laicado. Muy por el contrario, los infortunios que nos atrajo nuestra desobediencia a las enseñanzas de la Iglesia, son frutos que nos empujan hoy a los seglares a volver a su orden y a su verdad. Hijos pródigos, sin duda, poco ufanos de las catástrofes que han venido sobre el mundo por nuestra negativa a escuchar las enseñanzas de los Soberanos Pontífices desde hace más de dos siglos; pero hijos pródigos llenos de confianza y sin inquietud alguna por la acogida que saben les está reservada. Confianza que se apoya, también, en el principio fundamental; porque es justo, en efecto, en el orden moral, que a todo deber corresponde un derecho. Somos seglares. Nuestro deber es la obediencia. Pero, como contrapartida inmediata, tenemos un derecho. Y es el derecho a esa maternidad de la Iglesia a la cual debemos sumisión como hijos. Derecho a la verdad, a la Verdad integral que detenta. Derecho a toda la doctrina católica, tanto social como privada.

Derecho a que la Iglesia sea nuestra Reina, puesto que tenemos el deber de ser sus súbditos.

Notas
(13) Discurso a los nuevos Cardenales (20 de febrero de 1946).
(14) Cf., también, el importante discurso de Pío XII al Primer Congreso del Apostolado Seglar (14 de octubre de 1951): "Hay quienes les gusta decir frecuentemente que durante los cuatro últimos siglos la Iglesia ha sido exclusivamente clerical", por reacción contra la crisis que en el siglo XVI había pretendido llegar a la abolición pura y simple de la Jerarquía; y, como consecuencia, insinúan que ya le ha llegado (a la Iglesia) el tiempo de ampliar sus cuadros. Semejante juicio está tan lejano de la realidad, que fue precisamente a partir del santo Concilio de Trento cuando el laicado se encuadró y progreso en la actividad apostólica. Ello es fácil de comprobar; basta recordar dos hechos históricos patentes entre muchos otros: las Congregaciones Marianas de hombres que ejercitaban activamente el apostolado de los seglares en todos los terrenos de la vida pública y la introducción progresiva de la mujer en el apostolado moderno... De manera general, es de desear que en el que en el trabajo apostólico reine entre sacerdotes y seglares el entendimiento más cordial. El apostolado de los unos no es una competencia con el de los otros. Hasta, a decir verdad, la expresión "emancipación de los seglares" que se oye acá y allá no Nos agrada. Ya de por sí la palabra no suena con agrado; además, históricamente es inexacta... Es evidente que, en todo caso, la iniciativa de los seglares en el ejercicio del apostolado ha de mantenerse siempre en los límites de la ortodoxia y no oponerse a las legítimas prescripciones de las autoridades eclesiásticascompetentes". 
(15) Discurso al Segundo Congreso Mundial del Apostolado Seglar (Roma, 5 - 13 de octubre de 1957).
(16) Rapport doctrinal presentado por Monseñor Lefebvre, arzobispo de Bourges, a la asamblea del Episcopado francés (abril de 1957).
(16 bis) Suma Teológica, IIa, IIae, q. III, a. 2, ad 2. Esta frase de Santo Tomás, fue recordada explícitamente por S.S. Juan XXIII, en la Encíclica Princeps Pastorum sobre las misiones (1959). (Extracto sobre la función del laicado. en el número 109 de Verbe).
(17) Sapientiae Christianae; párrafos 20 a 23.
(18) Cf.: Théologie de l'Apostolat, por Monseñor León Suenens.
(Desclée de Brouwer): "¿qué esperamos para llevar el auxilio necesario? ¿La ocasión? Pues abunda. ¿La llamada? Pues hay angustias mudas más elocuentes que los gritos más penetrantes. ¿Es preciso que el herido desvanecido en el camino vuelva en sí y pida ayuda para que el que pasa se pare junto a Él y cure sus heridas? ¿Conocéis la queja de un socialista austríaco, recientemente convertido, publicada en forma de carta?...: 'He encontrado a Cristo a los veintiocho años de edad. Considero perdidos a los años que han precedido a este encuentro. Pero ésta pérdida ¿me es imputable a mí sólo? Escuchad: Nadie me ha pedido jamás que me interesara por el cristianismo. He tenido amigos y conocidos cristianos practicantes que tenían plena conciencia de todo lo que aporta la religión en la vida humana... Pero ninguno de ellos me ha hablado nunca de su fe. No obstante, se sabía que yo no era ni un aventurero, ni un libertino, ni un burlón de quien se pudieran temer los sarcasmos... ¿Sabéis por qué he tardado tanto tiempo en descubrir la verdad? Porque la mayor parte de los creyentes son demasiado indiferentes, demasiado apegados a su comodidad, demasiado perezosos' ... 'Como no pensar aquí en las palabras de Monseñor Ancle: 'Con frecuencia se dice: no se puede hablarles de Cristo ... no están preparados. Esto puede ser verdad ...; pero, con más frecuencia, somos nosotros los que no estamos preparados'...".  
(19) ¿Es necesario añadir que si el cristiano tiene el deber de hablar, este deber es inseparable del de estudiar y aprender?
"Juzgamos muy útil y muy conforme a las circunstancias presentes -escribía León XIII en Sapientiae Christiamae- el estudio diligente de la doctrina cristiana según las posibilidades y capacidad de cada uno y el empeño por alcanzar un conocimiento lo más profundo posible de las verdades religiosas accesibles a la sola razón".
"Todo cristiano debe estar convencido -escribe S.S. Juan XXIII (Princeps Pastorum, 1959)- de su deber fundamental y primordial de ser testigo de la Verdad en la cual cree y de la gracia que le ha transformado" ... "Tal es el deber de todos los cristianos del mundo entero...".
(20) Opus, cit., t. II, pág. 135 - 136.

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